sábado, 24 de junio de 2017

Hackear el cerebro - La ontología humana en jaque - La vulnerabilidad a nivel biológico y su interacción con la Informática.

                     (P) Hugo Napoli, 2017                   

Mucho puede hablarse sobre seguridad informática.

Mucho puede teorizarse acerca de las capas de protección necesarias en el mundo digital: grandes expertos entre los más expertos pueden asesorarnos en general, y nosotros, ir a lo particular, ya sea por nuestra propia vía o por la de alguien altamente capacitado que nos provea de los elementos necesarios para que nuestros datos electrónicos (y nuestra integridad virtual) estén lo más a salvo posible.

a) Podemos seguir utilizando sistemas operativos infectables, otorgándoles todo tipo de protección. Un verdadero contrasentido, pero el atolondrado mundo del marketing informático del presente, es lo único que se empeña en promocionar con focos de alta intensidad, bombos y platillos, sin importar las consecuencias. Me estoy refiriendo a la utilización de Windows para propósitos importantes en lo que concierne a la privacidad y a la seguridad, tales como revisar la cuenta del Banco, leer el correo electrónico, y hasta incluso utilizar redes sociales.
Podemos proporcionarle a Windows varias herramientas de seguridad: antivirus, anti espías, anti ransomware, seguridad USB, gestión de actualización centralizada de los programas instalados, firewall, protección por navegación https e instalación de complementos varios para bloquear publicidad y sitios engañosos para los navegadores instalados, anti exploit, cuentas de usuario limitadas, contraseñas complejas, cuidado de las licencias...

b) Podemos utilizar sistemas operativos robustos y sólidos, como Linux, OSX (Apple), etc., brindándole a estos sistemas, a su vez, algo de protección adicional. De este modo, saldríamos de la órbita de la grotesca, apabullante y descomunal mayoría de virus, malware y programas espía, lo cual no es poca cosa.

c) Podemos sentirnos seguros con un conjunto de soluciones efectivas y vigorosas a nivel de hardware (proxies, firewalls físicos, configuraciones específicas a nivel de hardware), para que los circuitos de afluencia de datos del ordenador, funcionen de manera sólida y eficiente, y la tasa de fallos (tanto del sistema operativo como de los programas instalados en él) se reduzca al mínimo exponente.

Ahora bien... ¿qué sentido tiene todo esto si no se está prestando atención al correcto uso de esta amalgama tecnológica? ¿Hasta qué punto no somos nosotros mismos quienes vulneramos gravemente todo aquél rudimento en el que ya habíamos confiado, pensado detenidamente, y al cual ya habíamos aceptado desde un inicio como válido? ¿Estamos preparados para la ortodoxia cibernética? Y en caso de estarlo... El ser humano, ¿es capaz de mantener estas reglas en perfecto e inmaculado funcionamiento durante toda su vida?

Creo, sin lugar a dudas, que la respuesta a esta pregunta es negativa.

Para muestra, basta con pensar en los accidentes de tránsito, los olvidos de compromisos, las omisiones a nivel afectivo debido a sobrecarga de responsabilidades cotidianas (cuando se es padre bajo la influencia del multi empleo, o del multi turno, o de la suplantación de la ausencia del "otro padre", y cuando sí se posee la capacidad de brindar afecto de manera más que suficiente para el otro), las llegadas tarde, y podríamos seguir.
La automatización robótica de nuestra propia vida, no parece ir en consonancia con nuestra naturaleza humana.

Pero, buceemos más hondamente en este mar bio-sico-social: más allá de todo esto, el ser humano tampoco es capaz de mantener reglas sólidas aún en caso de ser esta su única y mayor responsabilidad... porque no es una irreflexiva máquina. Es un ser.
Siente.
Una misma situación le provoca reacciones diferentes, dependiendo de la experiencia que se haya acumulado en él, del contexto general y particular en el cual esté inmerso en un momento dado, e incluso de elementos fortuitos, ingobernables por el ser.
Terminará encontrando, además, tarde o temprano, para la misma rutina, una manera diferente de resolver situaciones.
La experiencia, inevitablemente, nos provee de herramientas cognoscitivas y analíticas, y la aplicación de éstas, así como la actuación de la destreza y el empirismo, simplemente "acontecen", porque el ser no posee un bifurcador o "píloro sicológico" que conmute "a piaccere" entre un modo "manual" y otro "automático", como lo hace un aparato de vía al cambiar de orientación a los trenes en funcionamiento.
El ser, es. El ser, hace. Piensa sin necesidad de pensar que está pensando. Hace sin cuestionar cuando el conocimiento le resulta vasto y sólido en torno a su propio pragmatismo.
Entonces, de nuevo... ¿Siempre actuará del mismo modo el mismo ser ante la misma situación?

Estimado lector, este sería el segundo gran "no" de este artículo.

Sigamos analizando, manteniendo nuestra coherencia. Indaguemos aún más en este grandioso mar de seres. Cavemos ese manto, ya que ya estábamos situados en la profundidad. Taladremos ese lecho.

¿Con qué frecuencia le acontecen al ser los mismos sucesos? Cuanto mayor sea el número de eventos esperables y conocidos, ¿mayor será la posibilidad de fracasar o errar al resolverlos?
Si no queremos pensar en la educación de un hijo o en los compromisos generados por el mundo laboral, podemos pensar en un atleta olímpico y en sus propias marcas tope. Es bien sabido que, salvo excepciones, ni el propio atleta, ni muchos otros que vendrán después, podrán batir esa marca con facilidad. Tal vez no lo hagan por años. Tal vez no lo logren jamás durante toda su vida de atleta.

El ser humano posee aleatoriedad. Es, a veces, errático. No es perfecto, así como tampoco lo son los productos que elabora. No es así nuestra esencia. Nos equivocamos. Pensamos sin poder priorizar, cuando nuestras elucubraciones están cargadas de sentimientos.
Estamos constantemente aprendiendo, aunque no nos lo propongamos.
Nos acontecen situaciones imprevistas. Nosotros mismos somos imprevistos, a veces intempestivos, compasivos, sujetos susceptibles de ser conmovidos por la vida, o por algún interesado. Somos también permeables a ser explotados en nuestras vulnerabilidades, tal vez más conocidas por otros que por nosotros. Y aquí es donde aparece el gran problema.
Nuestra personal y particular impredecibilidad puede ser estudiada por otros, para transformar algo absolutamente inesperado en algo potencialmente posible.
Otros pueden, incluso sin quererlo, detectar que estamos más permeables o vulnerables que de costumbre.
Eso sucede normalmente con nuestros padres, hijos, amigos, nuestra propia pareja, y algunos familiares especiales para nosotros.
¿Cuántas veces alguien nos ha preguntado por nuestro estado anímico del día, aparentemente de manera descontextualizada y sonándonos extrañamente a nosotros mismos, para terminar dándonos cuenta de que esa persona en realidad tuvo motivos basados en nuestra propia conducta para cuestionarnos del mejor modo y con su mejor intención? A veces, basta solamente con leer los gestos de las personas que tenemos alrededor, para detectar quién "no anda bien".


ARTÍCULO EN CONSTRUCCIÓN